Una reflexión muy veraniega es plantearse qué estudiar en el próximo curso. Si entendemos “próximo curso” en sentido amplio, no hay duda de que la recomendación a cualquier abogado será que estudie lenguaje de programación. Cómo si no va a poder explicarle a su cliente qué quiere decir lo siguiente:

function approve(address _spender, uint256 _value) returns (bool success) { allowance[msg.sender [_spender] = _value; return true; }

Este es un ejemplo muy simple de una pieza de contrato inteligente (smart contract) para permitir una atribución automática de criptomoneda en una operación. En otras palabras, permite que cuando se cumpla una condición (en otras líneas de código) el programa genere un pago automáticamente (en otras líneas de código).

Es esperable que los primeros contratos inteligentes sean la ejecución de las obligaciones (o algunas de las obligaciones) contenidas en un contrato tradicional, de modo que en caso de duda interpretativa o error de programación se podría acudir al texto de ese contrato primigenio. Sin embargo, una de las bondades de los contratos inteligentes reside en que para ciertas operaciones permitirán prescindir de los contratos tradicionales.

Los abogados —si se me permite la licencia de simplificarlo de esta manera—, servimos como traductores del lenguaje jurídico para nuestros clientes: les explicamos qué significa lo que pone en un contrato, cuáles son sus consecuencias, cuáles son sus riesgos y cómo podrían mitigarse. Si un contratante —de forma esencial y excusable— no entiende bien lo que dice el contrato podrá sufrir un vicio invalidante de su consentimiento (anulabilidad) o, llevado al extremo, provocar que no hubiese consentimiento en absoluto a obligarse en esos términos (nulidad o inexistencia de contrato).

Si ahora volvemos la mirada al ejemplo que transcribía al comienzo de este post: ¿a quién corresponde explicar qué significa lo que allí pone, cuáles son sus consecuencias, cuáles son sus riesgos y cómo podrían mitigarse? Quiero pensar que corresponde al abogado del futuro que, igual que es capaz hoy en día de redactar contratos en lenguas extranjeras con plena solvencia, habrá de serlo de redactar, o cuando menos revisar contratos en lenguaje de programación so pena de volverse irrelevante.