En la actualidad, Europa importa el 80% del petróleo, el 60% del gas natural y el 40% del carbón necesarios para satisfacer sus necesidades energéticas, representado las fuentes energéticas no renovables el 91% y las fuentes renovables el 9% (6,1% biomasa, biogás, residuos municipales, 1,7% energía hidroeléctrica, 0,7% energía eólica, 0,3% energía geotérmica, 0,1% fotovoltaica y solar) del consumo europeo.

El Comité Económico y Social Europeo (CESE) coincide con la Unión Europea en la necesidad de reducir la dependencia de las importaciones de combustibles fósiles pero insta a la Comisión a situar en primer plano la seguridad del abastecimiento alimentario, la defensa del territorio, la competitividad de la agricultura europea y el uso de los terrenos en una estrecha relación entre la garantía de la seguridad alimentaria y la producción de bioenergías.

Muestra su conformidad con la propuesta de la Comisión de limitar, teniendo en cuenta las inversiones ya realizadas, la producción de biocombustibles a partir de cultivos alimentarios y apoyar con incentivos los combustibles avanzados. No obstante, considera que la producción de combustibles de segunda generación, que utilizan madera y paja, podría reducir los ciclos de absorción del carbono causando así un aumento del anhídrido carbónico.

El recurso a cultivos energéticos terrestres a gran escala requiere una gestión sostenible de los terrenos forestales y agrícolas. Por dicha razón, el CESE propone en orden a favorecer el desarrollo integrado de las bioenergías en el territorio, desarrollar un modelo de generación distribuida y sectores energéticos cortos, con plantas de pequeñas dimensiones que transformen la biomasa producida a escala local, con las consiguientes ventajas desde el punto de vista del impacto ambiental y por la posibilidad real de una participación directa de los agricultores en el sector (individualmente o a través de asociaciones).