Concurren las notas típicas del contrato de trabajo ordinario –ajenidad y dependencia–, lo que evidencia que debe ser aplicada la presunción de laboralidad en la relación de un becario.

Sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Castilla y León/Valladolid de fecha 18 de octubre de 2017 [AS\2017\1990]

Constituye el objeto de este recurso de suplicación analizar si nos encontramos ante una beca o, por el contrario, ante una relación laboral común. En este sentido, tanto en la beca como en el contrato de trabajo se da una actividad que es objeto de una remuneración, de ahí la zona fronteriza entre ambas instituciones.

De acuerdo con la jurisprudencia del Tribunal Supremo, las becas son, en general, asignaciones dinerarias o en especie orientadas a posibilitar el estudio y formación del becario. Si bien es cierto que este estudio y formación puede en no pocas ocasiones fructificar en la realización de una obra, hay que tener en cuenta que estas producciones nunca se incorporan a la ordenación productiva de la institución que otorga la beca. De ahí que, si bien el perceptor de una beca realiza una actividad que puede ser entendida como trabajo y percibe una asignación económica en atención a la misma, por el contrario, aquel que concede la beca y la hace efectiva no puede confundirse nunca con la condición propia del empresario ya que no incorpora el trabajo del becario a su patrimonio.

De acuerdo con dicha doctrina, para el Tribunal Superior de Justicia –como ya adelantamos– nos encontramos ante una auténtica relación laboral. Los hechos que apoyan tal decisión son los que se exponen a continuación.

Se analiza un supuesto de un becario en una banda de música. Así, el director de la banda de música informa que no se ha llevado ningún tipo de registro de las clases impartidas, ni identificación de fechas y horas y que no se han dado clases personalizadas, habiendo participado el becario en los ensayos generales en los horarios establecidos en las convocatorias de becas y en actuaciones de la banda; esta información del director evidencia la escasa formación proporcionada al becario pese a que la adquisición de la misma es la finalidad fundamental de las becas. Desde otra perspectiva, se viene a sostener que por su edad –43 años– ya no puede ser calificado como joven profesional en periodo de desarrollo musical y que la propia reiteración de las becas desfigura su finalidad formativa, bajo la que se pretende ocultar una verdadera relación laboral. En efecto, parece evidente que la prolongación de convocatorias desvirtúa la finalidad formativa de la beca que quizás pudo tener en el primer o segundo año, pero no en el octavo, cuando el becario trabajaba como músico por cuenta propia o ajena con lo que alguna experiencia y formación musical debía acreditar ya sin necesidad de las prácticas en la banda, objetivo principal de las sucesivas convocatorias de becas.

Otro aspecto importante es que el becario era una pieza insustituible y necesaria para el funcionamiento de la banda. Además, tenía obligación de asistir al menos a tres ensayos semanales y de participar en todas las actuaciones que ofrecía la banda –prestación de servicios–, recibiendo a cambio una cantidad de dinero –retribución– que cada año se fijaba en la respectiva convocatoria de la beca, lo que pone de relieve que ésta encubría en realidad una relación laboral.

Por otro lado, había diferencias en el uniforme con el becario pero desaparecieron en fecha que no ha podido determinarse; Igualmente evidencia una sujeción al poder de organización empresarial el hecho de que el becario debía disfrutar sus vacaciones cuando la banda carecía de actividad; y, finalmente, en la participación en las actividades formativas que se impartían en los centros educativos que se reservaban en exclusiva para los titulares, lo que es lógico tratándose –teóricamente– de un becario en periodo de aprendizaje.

En definitiva, se aprecian las notas típicas de la laboralidad, pues hay ajenidad y dependencia.