Las monarquías absolutas del Antiguo Régimen o bien desaparecieron siendo sustituidas por repúblicas, o bien evolucionaron buscando una síntesis entre los principios monárquico y democrático, o, dicho de otra forma, entre la prerrogativa regia y la soberanía nacional; o de un tercer modo: procurando  una síntesis entre el principio de responsabilidad de los poderes públicos y la irresponsabilidad e inviolabilidad regias. Esta síntesis se ha hecho realidad en las monarquías parlamentarias. En éstas, que son las monarquías europeas y la japonesa, los reyes no ejercen poderes políticos concretos, sino que están situados por encima de la dialéctica política ordinaria, como Jefes de Estado supra partes, con más auctoritas que poder.

Los ingleses dicen que el Rey reina pero no gobierna. ¿En qué consiste reinar sin gobernar? De nuevo la pauta nos la da el constitucionalismo inglés: consiste en animar, advertir y ser consultado. Esta idea general se plasma en unas funciones tasadas orientadas a lubricar el buen funcionamiento de la maquinaria estatal. Pero las decisiones política siempre corren a cargo delos órganos representativos de la nación, cuyos titulares son designados, directa o indirectamente, por la ciudadanía. La monarquía parlamentaria,por tanto, es la más alta magistratura del Estado, correspondiéndole por tanto, su jefatura, pero una jefatura simbólica de su la unidad y permanencia, un magistratura integradora de los demás órganos de gobierno, de las fuerzas políticas, y de la ciudadanía y territorios que integran el Estado.

La Constitución española se instala en esta concepción añadiendo que el Rey arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones. Pero este arbitraje y moderación no se diferencia gran cosa de la mencionada función simbólica. Por co0nsiguiente, el Rey, más que poder, tiene capacidad de influencia en los engranajes constitucionales para su más lubricado funcionamiento,sin que la voluntad regia pueda imponerse en ningún caso a los órganos que integran el complejo mecanismo del poder estatal. Lo estamos viendo muy bien en la actual fase de consultas regias previas a la investidura de un Presidente del Gobierno. En pocas palabras, el Rey más que poder ejerce autoridad, y sus competencias, al abrigo de fórmulas constitucionales de estilo, son de sugerencia, animación, advertencia, consejo, integración simbólica y equilibrio; y todo ello hecho del modo más neutral posible. Para lo cual se requiere mucho oficio.

 Juan Carlos I insistía mucho en la vertiente profesional del oficio regio, lo que no empalidece su vertiente institucional. Antes al contrario: la profesionalidad consiste, muy en primer lugar, en no perder de vista nunca lo que se es y lo que se representa. El adverbio empleado, nunca, quiere decir que el Rey es Rey 24 horas diarias 365 días al año, y debe serlo con prudencia, discreción y habilidad. En fin, en el oficio regio se inscribe de una manera primordial el atender antes a la institución monárquica que a la propia persona. Hace falta, por tanto, mucho oficio regio para ganarse la opinión favorable nacional e internacional. Ésa es la pesada carga de la Corona.

Felipe VI, en el breve tiempo de su reinado, está dando muestras de bastante oficio, decisión, buenas maneras y sentido institucional, lo que le ha llevado a adoptar con buen pulso algunas difíciles decisiones internas respecto de su Casa y Familia para que la Dinastía se conduzca con la ejemplaridad que se espera de ella. Y la ciudadanía le ha respondido reintegrándole el crédito que había decrecido en los últimos años.