El otoño austral nos sorprende con la firma por parte de Brasil de dos APPRIs (ACFI, 'Acordo de Cooperação e Facilitação de Investimentos', en su terminología) con Mozambique Angola. Con Mozambique el 30 de marzo de 2015 y con Angola el 1 de abril de 2015 (y no fue una broma propia del día). Perdón, pero… ¿APPRIs?

Los APPRIs tradicionales (Acuerdos de Promoción y Protección Recíproca de Inversiones) son tratados bilaterales de naturaleza recíproca que contienen medidas y cláusulas destinadas a proteger, en el plano del derecho internacional, las inversiones realizadas por los inversores de cada Estado Parte en el territorio del otro Estado Parte. Más detalles sobre su naturaleza, objetivo y contenidos aquí, de donde hemos copiado literalmente la frase anterior.

Brasil era un país que 'fazia questão' de que la protección de los inversores extranjeros o su igualdad de trato con los nacionales estaba garantizada en su país por una ley llamada Constitución. En este sentido, parece que anteriores intentos de ratificación de APPRIs de cuño tradicional por parte de Brasil habrán quedado, en la práctica, abandonados.

Estos dos recientes ejemplos con Mozambique y Angola parecen responder al nuevo modelo o 'vía brasileña', singular, de acuerdos de inversión extranjera, cuyas líneas maestras se anunciaron con ocasión de la reunión de expertos del UNCTAD World Investment Forum.

Además de la ausencia de protección en situaciones de expropiación indirecta, la vía brasileña resulta particular por su enfoque de la resolución de disputas: pone el acento en herramientas de resolución soft que se acercan a los mecanismos primitivos de protección diplomática, prevé la intervención de una Comisión Conjunta formada por representantes de ambos países y, en último término, arbitraje internacional interestatal (ojo, no arbitraje entre inversor y Estado, como en la mayoría de APPRIs).

Con todo, parece una buena noticia, por cualquiera de los motivos por los que se pueda haber producido. Por imaginar dos: por la creciente internacionalización de las empresas brasileñas (o sea, Brasil pasa a firmar acuerdos internacionales con énfasis en la promoción de inversiones porque ya se ve como emisor de inversiones en el exterior y no sólo como receptor de inversiones exteriores) o por la asunción por parte de Brasil de un mayor protagonismo en el tablero internacional manifestado por la progresiva superación de su tradicional aversión a la firma de tratados internacionales (por poner un ejemplo, la Convención de Viena de 1980, 'United Nations Convention on Contracts of International Sale of Goods', sólo fue aprobada por el Congreso brasileño en 2012 y para entrar en vigor el 1 de abril de 2014, y tampoco fue broma propia del día).

El hecho de que Itamaraty parezca reducir el ámbito geográfico de potenciales nuevos acuerdos a África y a Sudamérica, sin embargo, no parece tan positivo. Ya sea, por imaginar dos posibles razones, porque no se crea del todo la reciprocidad y sólo se plantee acuerdos allá donde predomine la inversión brasileña, o porque no se autoestime sinceramente una potencia global sino sólo un actor relevante en el mundo Sur-Sur. A ello apuntaría el anuncio de Itamaraty de que el siguiente ACFI que ya está negociado es, ojo al dato, el de Malawi.

*Artículo escrito por Andoni Hernández, socio de Corporate y director de la oficina de São Paulo y Maribel Rodríguez,  asociada sénior.